Todo iba tan bien que comencé a enamorarme de ti,
de tus pestañas escarchadas por la brisa del mar. ¿Con qué más me
querías seducir? Tus encantos, tratos de rey, mimos en exceso que mi
corazón aferrado a un amor anterior no me dejaba apreciar.
Pero por
tu inseguridad, tal vez inexperiencia, tus celos que te dejaron oír
sandeces de mí, decidiste en un momento de arrebato terminar conmigo.
Todo iba tan bien que fuimos descubriendo la entrega como si fuera
nuestra primera vez ¿te acuerdas?
A ti no te importaba que tardara
tanto en llegar al clímax y a mí el que tu llegaras tan pronto, de
hecho, creo que nos gustaba, en verdad disfrutábamos el abrazarnos, el
vernos, el hacer cocteles con nuestros aromas de la piel.
Y ni así
paso lo bueno, ya no pudiste echarte para atrás, tu orgullo no te lo
permitía ¿Cómo? Ni como ayudarme, bueno ni cómo ayudarte, diría el otro.
Ahora vendrá lo que pasa en las telenovelas y, yo tendría que
rogarte, suplicarte, buscarte, pero no lo hice ¿Para qué? Y ese tiempo
fue suficiente para perderte, o más bien para perderme.
Sufrí lo
indeseable, me ahogaba en llanto, me moria en mis desvelos por develarme
la razón y me repetía “Si apenas ayer decía que me amaba”, pero tampoco
hacía falta eso, me lo demostrabas con tan solo verme.
En tan poco
tiempo tomamos cada uno nuestro rol (Todo era miel sobre hojuelas, “¿o
no?”), tú te ibas a trabajar y yo hacía lo propio, nos mandábamos
mensajes y al término del día nos encontrábamos, preparábamos algo de
cenar y los olores del amor se desprendían en la cocina… obligándonos a
cenar afuera.
Marqué diciéndote que te amaba (¡que iluso!) y tu
tajante me diste un cortón, así ni como insistir. Aprendí que cuando
alguien se quiere ir, no lo detengas porque el amor es libre.
Paso
un año, nos encontramos, te resististe, pero al final cediste y pasamos
más de una hora platicando, tu siempre con esa barrera para que no te
fueras a exponer de que tus sentimientos me favorecían, pero yo ni
fuerzas tenía de reprocharte, ni la capacidad de pelear por ti; me
habías dejado noqueado.
Poco a poco nuestros estilos de vida se
fundían, las salsas de la tía luz, las torrejas de nata, el mole
poblano. A las vacas las amo por ti. Los cafés, el cine, teatro, lo
museos y las tertulias que yo te ofrecí.
Hubiera sido absurdo
después de seis años que nos volvimos a encontrar pensar en un regreso,
bueno en un intento ¡vaya! En un comienzo. Pero todo eso es imposible,
para mí no ¿Cómo olvidarlo?
Me temblaban las piernas, la boca se me
seco y otra vez me apendeje todito por verte. Allí me di cuenta de que
aún me amabas, a pesar de jactarte: que ya no. “Ya te saqué de mi vida”,
me decías. ¡cómo me dolió escuchar eso!
Con implícitos me invitaste
a tu casa ¿Lo vas a negar? Pero te repito me ataranté todito, no supe
manejar la situación, pegárteme como ladilla, pero no lo hice. Te
alejaste y yo me fui ¡Cuánto lo lamento! El haberme ido y no tomarte la
palabra. Yo no quería eso, deseaba hacer las cosas bien, primero con
citas, reconocernos, porque lo que tu pretendías me daba miedo (a mis
lustrosos años) y qué tal si no te respondía como tu esperabas.
Estaba contigo por ti no por el sexo (¿Difícil de creer verdad?). Esto
nadie lo entiende. Era tu actitud la que me seducía ¡Éramos tan
distintos! A los pocos meses de relación yo ya sentía celos ¿Eso es el
amor? De esos de los que no te dañan, que sirven como parámetro para
entender que una persona te importa, pero los tuyos dañaban a los dos.
Diez años sin ti y todavía te recuerdo (como olvidar al amor de tu
vida) no he dejado de vivir, tanto que ya llego mi fin, una enfermedad
acorta mi vida, postrado me tiene y como telenovela de la Dulché - de
lágrimas, risas, y amor.- Tú regresas. Que ironía ¿De qué me sirve? ¿Te
está sirviendo a ti?
Tal vez tus fantasmas y culpas se disiparán, te
dejarán en paz y a mi ¿de qué? Yo ya dejé de aprender y tú empezarás a
entender qué: El orgullo nulifica la vida, la esperanza.
¿Por qué?
El miedo de decirme y aceptar que todavía me amabas, los errores se
enmiendan, el que ama deja hablar al corazón y tú tenías mucho.
En
este instante te acepto, no digo te perdono porque ya lo hice hace mucho
tiempo y te entiendo. En realidad, me perdone a mí mismo por dejarte
ir. Todo por llevar a cabo lo que la psicóloga me terapeaba. Debí
también a mi edad haber sido el maduro y luchar por ti. Si, como las
telenovelas, pero más bien como en la vida real.
Aquí estamos los
dos ya sin preguntas. Yo agradecido por volverte a ver, por saber que tú
también me amaste todo este tiempo de lejanía, tú madurando me pides
perdón y yo te contesto: “te perdono el daño que me hiciste, pero ¿Cómo
perdonarte el daño que tú te hiciste?
Si de algo te sirve, siempre
te amé, fuiste mi amante durante todo el tiempo de tu ausencia, presente
estuviste. Este momento llena y da significado a nuestras vidas. Besa
mis labios, abrázame fuerte, cierra mis ojos, pero nuestra historia no.