-Mire joven, antes andábamos rabones.
-¿Qué quiere decir rabones?
-Que andábamos como Diosito nos mandó al mundo, caminábamos descalzos, jugábamos en la tierra, comíamos lo que había.
-¿Y qué comían?
-Lo que hubiera, deseos y tortillas de aire y sal, cuando había, con salsa, frijoles y atole. Le ví el rostro a Don Teodulo, curtido por el sol, hoy nosotros no salimos sin bloqueador, sus tenis que se los quita en cuanto llega a su casa. "Extraño el contacto con la tierra" me dice.
-Aquí en la ciudad le enseñan a uno ser más güevones, todo lo queremos al momento, han de querer que nos mantenga el gobierno, el dinero corrompe a la gente, somos desesperados, agresivos, neuróticos, nos deprimimos por desear lo que no es nuestro y es del otro. Se pierde el respeto a la gente, a los mayores, a las instituciones. Se olvidan las tradiciones, costumbres... En la capital perdemos en vez de ganar porque lo único que se gana aquí es una infelicidad del vacío.
-¿Le gustaría volver a su vida de antes?
-No. Me gustaría fusionar el respeto a la vida, el deseo de comer, no solo por comer, disfrutar un amanecer, agradecer el alimento, el sol, la lluvia, y no andarse quejando porque están o no están. La lucha de mejorar nuestra calidad de vida y no ir tan aprisa ignorando lo que en el camino vamos dejando, mire usted, ya no se les llora a nuestros muertos y eso es lo que le da sentido a nuestro existir, saber de dónde vinimos, a dónde vamos y pues uno no puede lidiar con eso, con la mala costumbre del progreso.
Don Teodulo se fue añorando lo ido, yo pensando en la gran sabiduría de ese hombre que dejó el sombrero por una gorra de beisbol y yo, cambié mi filosofía por él.