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miércoles, 9 de noviembre de 2016
HILARIA HIJA DE LA ARCILLA
La susceptibilidad por saberse distinta afloraba en ese inmenso océano de soberbia por alcanzar el cielo con montones de cemento y fierro, animales de lámina que sólo andan cuando les dan choques de electricidad tan distantes a los de su tierra que aletean por el simple soplar del viento, que corren por el gusto de hacerlo y comen lo que la generosa madre naturaleza les provee sin reserva.
Hilaria, trenzaba sus hebras de carbón avivando la envidia de finas faldas y a friolentos mozos incitaba por sus carnes cerradas, su sal al andar y doncellés actitud ¡Ay Hilaria! ¿A quién culpar de tu prendente hermosura?
Le era difícil cruzar calles en vez de arroyos frescos, cristalinos, insinuantes por beberlos, humedecer la tela delgada aferrarsele a sus gruesos muslos presentando sus pechos coronados de vida.
Qué difícil era para esa mujer de tierra jugosa esquivar inútiles rodantes a sus peces que acariciaban sus pedestales.
"Si todos somos iguales qué diferencia encuentran con su misterio al mirarme"
Hilaria, no sucumbas a la infecunda labia amañada ni permitas abatirte por lenguas biperinas, más bien la prudencia triunfe equiparable a tu beldad hasta que ancle el amor y deshile tus carbonadas catiras que adornan tu cardar.
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martes, 6 de mayo de 2014
MI TÍA LA BELLA
El rebozo de la tía Coco, era gris con filos
verde limón, impecable. A veces se lo ponía de turbante, en hombros y
cuando hacia frío en las piernas, siempre sentada en su silla de madera
con el respaldo y asiento tejidos con palma teñidos que se resistían a
ceder al paso del tiempo a causa de la limpieza; afuera de su casa.
Todas las tardes la veía tomando el sol. Coco le comentaba a naná Justa que el ver pasar a la gente del pueblo era como tener el periódico porque la ponían al tanto de los acontecimientos sociales, políticos, casos chuscos y demás.
Un día fue a inaugurar el presidente municipal el nuevo piso de adoquín de la plaza principal adornado con jacarandas y pidió conocerla ya que hasta él llegó la fama de la hermosura que cautivó a lugareños y fuereños que la cortejaban. Al momento de saber las pretensiones del político aquél, tomó su silla, se acomodó el rebozo, se metió a su casa dándole con un palmo de narices al cretino bueno para nada y gritando: "¡Yo no estoy para aquellos que adoquinan los caminos con el fin de ocultar sus malos pasos!".
Las señales del tiempo en su rostro no pudieron mermar el recuerdo de cuando la luna le servía de espejo y el sol adornaba sus pechos y caderas, de ojos los zafiros, arrancaba los deseos de ósculos, mordiscos en lo carnoso de un suspiro que emanaba del granate incrustado con hileras de marfil y suculento aliento humedo de hierbabuena.
Sin dudarlo, el diablo la deseaba al hacer caso omiso de mortales peticiones, que ya quisiera el tenerla que ceder a esos conjuros de soberbios, por patanes.
El regalo fue divino al posarla tapatía y de ella es la fama de pistóles alargados, permitiendo ser la luz de quien tenía el privilegio de admirarla.
La belleza le pertenece, no ella a la misma y con pretextos mil los recuerdos, torcacitas y gerberas esperan el mañana a que salga para que cuente las usanzas perdidas en el hoy.
Todas las tardes la veía tomando el sol. Coco le comentaba a naná Justa que el ver pasar a la gente del pueblo era como tener el periódico porque la ponían al tanto de los acontecimientos sociales, políticos, casos chuscos y demás.
Un día fue a inaugurar el presidente municipal el nuevo piso de adoquín de la plaza principal adornado con jacarandas y pidió conocerla ya que hasta él llegó la fama de la hermosura que cautivó a lugareños y fuereños que la cortejaban. Al momento de saber las pretensiones del político aquél, tomó su silla, se acomodó el rebozo, se metió a su casa dándole con un palmo de narices al cretino bueno para nada y gritando: "¡Yo no estoy para aquellos que adoquinan los caminos con el fin de ocultar sus malos pasos!".
Las señales del tiempo en su rostro no pudieron mermar el recuerdo de cuando la luna le servía de espejo y el sol adornaba sus pechos y caderas, de ojos los zafiros, arrancaba los deseos de ósculos, mordiscos en lo carnoso de un suspiro que emanaba del granate incrustado con hileras de marfil y suculento aliento humedo de hierbabuena.
Sin dudarlo, el diablo la deseaba al hacer caso omiso de mortales peticiones, que ya quisiera el tenerla que ceder a esos conjuros de soberbios, por patanes.
El regalo fue divino al posarla tapatía y de ella es la fama de pistóles alargados, permitiendo ser la luz de quien tenía el privilegio de admirarla.
La belleza le pertenece, no ella a la misma y con pretextos mil los recuerdos, torcacitas y gerberas esperan el mañana a que salga para que cuente las usanzas perdidas en el hoy.
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