La peor guerra es la que contendemos con
uno mismo y, el maestro muy admirado por sus pupilos de poseer una
inteligencia prodigiosa, tan autosuficiente y hasta un tanto desenfadado
con la vida, con las cosas materiales porque había tenido una
existencia, se podría decir regalada, llena de privilegios que su único
esfuerzo fue terminar provechosamente su carrera de literatura.
Su
destreza nata con la pluma y de hacer de una hoja en blanco toda una
aventura fascinante, un cuento que llevaba a todos a la imaginación más
recóndita o al éxtasis amoroso con sus poemas, haciéndolos pensar hasta
el hastío. Pareciera que esa hoja blanca garabateada de signos de
admiración, preguntas y frases, tuvieran imágenes que ayudaban a
entender y gozar lo plasmado.
El maestro Ojeda, con paso lento
sellaba las calles sinuosas del pueblo, muchas veces sin notarlo seguido
de un discreto perro que recogía las migajas de su bolillo que pasaba a
comprar en la panadería rústica que queda a un costado de una fuente de
cantera rosa con una escultura de un niño que vierte el líquido por su
pequeño pene que salpica y hace danzar a la superficie del agua.
El
maestro se ha quedado solo, salvo con un amigo epistolar con el cual,
allí cada venida de obispo intercambian sus vivencias y por esto, el
maestro Ojeda le queda una tristeza infinita por no recibir cartas tan
seguido como deseará que fueran. Tenía miedo, angustia de ahora saberse
anciano a sus setenta y cinco años. ¿Quién hubiera pensado, quizá
imaginado que este hombre rico en experiencias e imaginación virtuosa,
no tuviera creatividad de contarse historias a él mismo? Para no
aburrirse y no sentir que su vivir ya no tiene sentido porque muchos
amigos han muerto y a otros por su poca sociabilidad los ha hecho a un
lado lapidando la esperanza de ser acompañado.
Tenía una cuenta de
banco que su papá le había dado cuando él tenía apenas veinte años y de
la cual no ha tocado un peso partido a la mitad. Se angustia de que no
le alcance su magra pensión y come en pequeñas raciones de carne y
pasta, por salud, pero ni pensar en tomar la herencia en vida que su
padre Gabriel le dejó.
Así sus días; sube, baja las calles empinadas
donde corren las serpientes dibujadas entre las piedras, muchas veces
aperladas por el sol, por la lluvia y en ocasiones por la luna porque de
noche él ya no se atreve a salir, dobla sus esquinas desgastadas que
guardan sorpresas al pasarlas.
Dicen que lo han escuchado dirigirse
de usted a los árboles y jovenes porque los ha visto crecer desde que
eran pequeños y ahora son más altos que él.
Temeroso de que ya no le
vayan a dar su pensión, de tocar el dinero del banco que su papá le
dió, de mal gastar lo que cree no es suyo y de ya no tomarle sentido a
viajar, a darse gustos para llevar una vida más decorosa y mucho menos
desgastarse en tener que convivir con vecinos porque le resultan
insoportables.
¿En dónde quedó su autonomía? que por ella se ha
abandonado hasta el grado, yo diría, pecado, de no compartir la vida, de
no atreverse a ser generoso, desprendido y que por orgullo aprendido a
no recibir obsequios y ayuda.
Algo inegable es la generosidad de su
saber a sus alumnos y a todos aquellos que regaló momentos de paz y
soñar en la lectura de sus libros.
El único discreto compañero que
no interrumpía sus recuerdos ya mira al otro lado de la fuente donde la
abundancia de alegría salta a la vista