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lunes, 14 de octubre de 2024

COTIDIANO


Impávidos nos mostramos al paso del tiempo, de las circunstancias, de las personas que transitan el camino empedrado sintiéndolas como parte de su propio viacrucis.

Indiferentes también son de nuestros muros, de los ojos que poseemos, los sombreros que nos cubren y de nuestro interior, donde guardamos muchos de los sentimientos de los mismos que caminan y desgastan el sendero.

sábado, 17 de octubre de 2015

CAMINO A LA IGLESIA


Me levantaba a las seis y media de la mañana a lavarme la cara y echarme agua en el cabello para peinarme. Me dirigía a la iglesia del pueblo por el camino engarzado de piedras humedecidas por las nubes que paseaban aquellas callejuelas adornadas de macetas coloreadas por flores que al igual que yo lavaban sus pétalos y peinaban sus ramas para comenzar el día.
A la par de mi casa hay otra con un árbol tan grande que se sale de ella regalando en la banqueta el cobre y oro que nacen de él aprovechando el sereno que las ayuda volar un poco más lejos. De esa casa que es de los papás de mi amigo Agustín, sale primero la criada con falda blanca almidonada a comprar la masa para las picadas.
Los burros, caballos y vacas que rumiando caminan creando una melodia con los cascos y sus patas; apurados por los perros que ladran, se dirigen al campo a degustar con sus hocicos los cristales adheridos en la sabana verde que sirve de cobijo a los grillos.
Rumbo a la iglesia voy jugando con mis pies a patear piedrecillas sueltas, piñitas que golpean mi cabeza al descolgarse de las ramas, tamarindos, tejocotes y limones que alimentan a centenares de hormigas que seguramente se despiertan antes que yo.
El aroma a epazote, hoja de aguacate para los frijoles, los chiles y tomates verdes asados, las tortillas al comal, chocolate y café se cruzan en mi andar matinal, al igual que la leña en anafres vivos los rubíes, obsidianas y acerinas crean el calor.
Ya falta poco para llegar a la iglesia, la misa comienza a las siete de la mañana, voy con tiempo para ayudarle al padre Jacinto a acolitar; mi mamá me cuenta que no todos en el pueblo van a misa, incluso me confesó que esas personas (me dijo los nombres, pero debo guardar el secreto) aún les queda leña de confesionarios y santos para cocinar. Yo me hago el desentendido y cuando me cruzo con estas señoras las saludo amablemente.
- Buenos días Angelito.
- Buenos los tenga usted doña Queta... ¡Chin, ya se me salió uno de los nombres! Tendré que confesarme, les pido me guarden mi indiscreción porfis.
Las señoras asisten a misa con rebozo cubriendose la cabeza, faldas abajo de la rodilla y zapato bajo, sin medias, salvo los domingos y dias de fiesta; libro y rosario en mano, que cuando oran, sesean. Los hombres, menos sobrios, al entrar al templo se quitan su sombrero para persignarse, acompañados algunos de sus nietos somnolientos con el moco seco de ayer.
En el atrio de la iglesia ya es abitual Don Federico, el limosnero del pueblo, que dicen que vive en Pueblo Grande, dueño de una casota. A mi eso no me interesa, el padre Jacinto me enseñó que la misericordia debe ser un compromiso personal.
Suenan las campanas dando la segunda llamada, la neblina se aleja y siento el reflejo que encandila la mirada, vislumbro los cerros que resguardan mi pueblo como una olla de mole.

lunes, 23 de enero de 2012

MAYANALÁN



Qué tal estos días de contingencia? Hasta cansaba por tanto aburrimiento y pensé "Ni modo serán de recogimiento"
   La invitación de un amigo a su pueblo Mayanalán, Guerrero, que significa "en donde se acaba el maíz" cambió mis planes.
   ¿Dónde es eso? Ha de ser un lugar olvidado por Dios, allá donde da vuelta el aire,  no, una cuadra antes.
   Mi bienvenida fue muy emotiva pero el calor era infernal, no menos que el que estaba viviendo yo interiormente, "aquello" me daba vueltas.
   En cada una de las casas hechas con adobe "y con amor" me dijo una señora, Hay toda una huerta, en cada una de ellas pareciera que cayera el maná por sus árboles de ciruelas, mangos, guayabas, papaya; infinidad de tamarindos en ésta tierra tan noble.
   Humildes pero dignos de dioses los frijoles con ciruela, tamales de Nejo con mole verde con guajolote, untados delicadamente en la hoja del maíz, ha forjado el cuerpo hercúleo de este pueblo.
  Al cobijo de la generosa sombra de un árbol de mango , se me refrescó el cuerpo, el alma, dejo de oprimirme el pecho "aquello" en lo cual tendría que pensar, tarde que temprano.
   Me asaltó una pregunta ¿Cuándo tienes relaciones sexuales, quién es el responsable de tu salud, tú o el otro? y la respuesta llegó. Pues tú y nadie mas que tú tienes la obligación de ponerte el condón y de exigirlo.
   Y así pasaron los días en este pueblo que no me prometió nada y que incluso no me lo recomendaban, que porque me iba a aburrir.
   Me fue mostrando cohibido sus encantos. Su iglesia de porcelana, sus troncos de chocolate, que a pesar del calor no se derriten que porque están hechos de caoba, de pino, enramadas de color de la menta, verdes. Sus calles de pinole y muégano.
   Y te lo voy contar, hace unos días recibí un mensaje anónimo en mi celular que decía < ¡Maldito, ojete, púdrete en el infierno por haberme infectado, que nunca tengas paz!> Contesté y no obtuve respuesta  "Aquello" me revoloteaba, no veía la manera de sacarlo, de sanarlo.
   Una tormenta eléctrica redibujó la silueta de los montes, tiñéndolos de un fugaz azul. Y la lluvia llegó, olor a tierra húmeda, mezclada con los olores de la leña, del café, del maíz; lavó los tejados, los techos de paja, los lomos de los burros, las hojas y las flores; lustró los colores oriundos de aquel lugar, los hizo mas brillantes para mi.
   Esta tierra que no me ofrecía nada, me regaló la aridez con la que ha sido tratada, la generosidad curtida de unas manos trabajadoras, la eyaculación no esperada por montar a caballo, la paz permitida y la lucidez de entender que este es un lugar tocado por Dios porque no ha sido tocado aún por el hombre.
   Leí, casi termino el libro y me acordé de ti, otra vez lloré. El poso sorprendido, acostumbrado a que le saquen agua, yo se la eché, mis lágrimas lo llenaron y allí me vacié, a Dios le hablé -¡Yo no lo infecté!- y Dios me creyó, porque Él lo sabe. Y allí por vez 
primera acepté -¡Tengo sida y voy a morir!
   La enfermedad se me olvidó por la influenza, pero si no moría por las formulas V.I.H.,AH1N1, me moriría por la depresión y Mayanalán fue mi solución y de los mensajes ¡bah!...váyanse a Mayanalán que vida les dará.
                            
                                   ¡Oh Mayanalán! heriste mis pupilas (al mirarle a él)
                                   Lavaste mis heridas (por amarle a él)
                                   Y vertí en tu tierra mi dolor.
                                   Que dará algún día fritos de color de sol.