Se despertó sobresaltada, sudorosa y con
taquicardia, sus ojos abiertos no podían ver en la oscuridad, en la
oscuridad de su pasado.
Después de la violación ya nada era igual,
su sueño y aquella insertidumbre que no la dejaba que, ni en la terapia
con el psicólogo parecía no tener respuesta. Trataría de volver a
conciliar el sueño, como todas las noches.
A Carlos le llamaban
"el marcado" por un lunar en forma de equis en el hombro derecho. Su
origen es incierto, dicen los que saben que fue adoptado por un
matrimonio de muy buena posición económica, que les fue secuestrado para
obligarlo a robar.
Matilde fue dada de alta por su terapeuta.
Todos la sabian sobria, nostálgica, reservada quizá por su viudez, con
dos hijos que ya tenian vida echa. Su familia no se atrevía a
inquietarla con el secreto a voces para no perturbarla acerca de su
pasado, que sus hijos sabian, pero del que no hablaban.
Era
evidente la belleza y aire distinguido del <<marcado>>, el
cual no encajaba con la frialdad de su personaliad, era calculador e
inexpresivo, aunque cuando veia a un niño se le dulcificara el mirar.
Matilde vivía de las apariencias, le importaba "el qué dirán"; con
justa razón, siempre le atormentó su desgracia de que su padre le
arrebatara a su primer hijo y le regalará a un orfanato, aparte de la
segunda violación que a nadie entero, salvo su psicólogo ocurrida a sus
cuarenta años.
"El equis", como también lo conocian a Carlos, era
escurridizo, falsificaba documentos para ocultar su identidad y así
poder evadir a la justiacia y a los que lo envidiaban por lo que había
logrado por su "oficio". Era desconocido su interes de olvidar y
comenzar una nueva vida, de dejar el deseo de no haber conocido a su
madre, de dejar atrás su abandono y dedicarse a otra cosa. Eso ya era
imposible, no conocia otra manera de vivir o más bien de sobrevivir. En
realiad contados sabian su nombre... Carlos.
Como de costumbre,
Matilde se despierta en la madrugada ¿Cuántos años lleva con esta
rutina? Toma el vaso de agua, lo sorbe para calmar lo reseca de su
garganta, como siempre, trata de no darle importancia; la violación de
cuando contaba con cuarenta años ya la había trabajado en el consultorio
del psicologo, pero no había sido del todo honesta con él. -Ya no tiene
caso-, se dijo. Esa primera violación quedó en el disco duro y en el
hermetismo de su familia, la acción de su padre y la incapacidad de
luchar por ese ser indefenso pertenecia a su pasado que ya no existía.
No hallaba la manera esa noche de conciliar el sueño. Prende la
televisión, cualquier programa daba igual; eran las noticias. "¡Cayó el
peligroso asaltante -el marcado-!" Con la foto del delincuente, con el
torso descubierto. Matilde, temblorosa al fijar su mirada en el lunar en
forma de una equis en el hombro derecho del bandido expuesto, no pudo
evitar apretar con todas sus fuerzas el control de la televisión para
luego perderlas y dejarlo caer seguido de un grito ahogado... ¡Noooo!
Quedó paralizada, ausente. Inmediatamente llega la muchacha a su
servicio, la cual estaba acostumbrada a sus pesadillas, pero ahora ese
grito seco, como alarido la hizo acudir a su auxilio.
-¡Señora, señora! ¿Qué le sucede?
Después de reaccionar pudo valvucear -¡Es mi hijo, el fue! ¡Es esa
marca que me tenia detenida, la cual no me dejaba en paz, que me negaba
recordar! Como en una confesión, prosiguió: ¡Encontré a mi hijo y
violador al mismo tiempo! ¡Oh Dios! ¡No puede haber una marca igual, en
el mismo lugar. Todo coincide y el tiempo!
La muchacha dejó de
prestar sus servicios para doña Matilde por cuestión del secreto
develado. Carlos en su celda recibió una carta donde Matilde, su madre,
le confesó todo y la mala jugada que la vida les hizo, le pidió perdón,
le decia que lo amaba y que también lo perdonaba porque ella era la
mujer que había violado en la carretera a Cuernavaca y pudiera
arrepentirse, que porque era claro, que por la vida que llevaba, nunca
lo haría.
La intensidad de la conciencia es como la intensidad de una luz que ciega.